“Mad Men”: la deriva del hombre moderno

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En los años sesenta, el mundo empezaba a respirar el aire del cambio; y eso, en la agencia de publicidad Sterling Cooper, lo saben a la perfección. La empresa donde se desarrolla la fabulosa Mad Men es una caldera, un hervidero de emociones y de egos: por una parte, están los hombres: creativos, astutos e intransigentes; se sienten fuertes y saben que la vida, pese a sus avatares, no consigue difuminar esa aureola de intocabilidad que tienen; y en la otra cara de la moneda, están ellas, las mujeres que conforman la plantilla de la empresa: solícitas y ejerciendo el papel que una sociedad eminentemente represora y que premia a los dóciles por encima de los rebeldes les han atribuido; desgraciadamente, saben que la vida no es un cúmulo de promesas e independencia porque muchas han asumido que no hay nada que dañe más que un convencionalismo. Mad Men es una serie que saca lo peor de nosotros porque sabe, precisamente, cómo somos. Y eso se nota en la maestría de su creador para tender un puente entre el final de los años cincuenta y el principio de los sesenta. Los años cincuenta habían sido austeros, en parte, por las emociones dañadas por la resaca de la Segunda Guerra Mundial y La Guerra de Corea. La política de contención de Truman y Eisenhower y la ‘caza de brujas’ contra el comunismo diriga por McCarthy, senador de Wisconsin, desde el año 1950 hasta 1956 dio paso, a principios de los años sesenta, a un enfoque mucho más idealista y universal de las relaciones exteriores estadounidenses y propugnado por el aire vivificante que Kennedy impregnó a la nación.

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La producción de Matthew Weiner –a quien debemos, entre otras muchas cosas, el guión de las temporadas quinta y sexta de Los Soprano-, a diferencia de otras muchas, no sigue una trama argumental definida. No es una realización que dependa de procelosos y vertginosos ritmos narrativos, no: Mad Men es una serie de diálogos y silencios y en cómo éstos ejercen un poder coercitivo y sirven para dar rienda suelta al instinto animal de sus personajes. La producción norteamericana hace revivir continuamente el mito de Adán y Eva, pero a la inversa: Don DraperJohn Hamm– encarna, sin lugar a dudas, el papel de un Adán tentador; sabe que atesora un gran poder, que es atractivo, carismático y que es un fiel representante de esos valores propugnados por Estados Unidos desde el final de la la Segunda Guerra Mundial o la de Corea; su seguridad en sí mismo es irritante; su carácter profundamente desapasionado y altanero, descansa en un ego descomunal: él es la fruta prohibida que no hay que morder. El personaje de Don refleja a la perfección la deriva del hombre moderno, fruto de la sociedad de consumo, desprovisto de idealismo y análisis para centrarse en la prosecución de sus objetivos, aun a costa de desguazar emocionalmente a sus semejantes, -como sucede con Betty –January Jones- o Megan, sus mujeres-. Sólo se centra en cómo hacer de su vida, día tras día en un aliciente. El acadaulado director creativo de Sterling Cooper muestra -especialmente a las mujeres de su época-, que es muy probable que los países cambien y las sociedades avancen; que ese sueño americano del que hablaban Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway y el historiador James Truslow Adams se materialicen en progreso, en todos los sentidos; pero lo que no se pueden cambiar son ciertos códigos sociales y éticos como la capacidad del hombre para medrar y enriquecerse, en todos los sentidos, infligiendo dolor, o la fijación de muchas mujeres por el triunfador y depredador emocional.

En el segundo párrafo hablamos de los personajes femeninos, y, a decir verdad, imposible no hacerlo de Betty, la esposa de Don, Joane –papel interpretado por la exuberante Christina Hendricks– y Peggy OlsonElisabeth Moss-: tres mujeres profundamente diferenciadas entre sí. La primera, encarnaría ese papel de esposa ideal para el que fue educado la mujer; las otras dos –sobre todo la eficaz Olson-, simbolizan el paulatino avance de la mujer ambiciosa y decidida. Poco dispuestas a dejar que una agencia llena de hombres profundamente machistas, racistas y retrógrados, en general, frustren los grandes designios que el destino les tienen preparadas, se oponen tenazmente a cualquier tipo de opresión mediante dos posturas bien distintas: la primera, usando su enorme sensualidad para sobrevivir en un ambiente hostil; la otra, con el advenimiento de cada capítulo, demuestra su crecimiento personal e intelectual, que no es otro que el de un modelo femenino basado en el uso de sus propios convencionalismos para derribar la costumbre general. El esfuerzo de Peggy será encomiable: sólo por sus méritos y su enorme sacrificio, será capaz de conseguir un respeto que la llevará a enfrentarse, frontalmente, a todos los problemas de la agencia, especialmente en lo concerniente al enfoque de una profesión, como la de publicista, cuyo máxima no es sólo vender un producto, sino también, la habilidad de saber interpretar el signo de los tiempos para llevar a cabo su cometido. Porque los protagonistas de la serie, en su condición de publicistas, saben que su cometido es fundamental para explicar los cambios acaecidos en los sesenta: la juventud y jovialidad de los Kennedy, en detrimento de la implacable sobriedad del matrimonio Eisenhower, la lucha por la igualdad racial, la figura del Che Guevara, la Crisis de Berlín de 1961 o el comienzo de las hostilidades en Vietnam se ven reflejados en una empresa tremendamente competitiva, mecánica y, ante todo, poco condescendiente con el caído.

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Porque Mad Men es el ejemplo de ese sistema liberal que, tras haber sido cuestionado a principios de siglo con el auge de los totalitarismos, se impuso, de nuevo, tras la Segunda Guerra Mundial. En una época en la que Estados Unidos había asumido su papel de árbitro y garante de los derechos fundamentales y las instituciones, se introdujo, masivamente, el germen de una sociedad de consumo que en los sesenta estaba iniciando ya un vertiginoso ascenso. La publicidad aparece para contrapesar la dicotomía existente entre felicidad y frustración: el bien material como sustituto de no poder colmar las expectativas de una sociedad que, ante todo, valora el resultado en detrimento de la experiencia o los valores. El resurgir del liberalismo propicia esa imagen que proyectan Don Draper y los ejecutivos de la marca; evaden los límites de lo políticamente correcto, toman distancia respecto a los problemas morales y se centran, exclusivamente, en cómo satisfacer las expectativas consustanciales a su puesto. En esta producción nada hay dejado al azar; ni siquiera el hecho de que las reuniones estén acompañadas por el humo del cigarrillo y los vapores del alcohol. Es curioso ver cómo el alcoholismo mueve pasiones adormecidas y, tal y como instauró la novela policíaca, se convierte en sinónimo de masculinidad y hasta de un romanticismo rayano en lo bohemia. En resumidas cuentas: una serie, como decía en el primer párrafo, que refleja a la perfección la propia naturaleza del ser humano. Relaciona con pericia la hostilidad entre la sociedad cuando chocan intereses comúnes, y, sobre todo, cómo el narcisismo, alimentado por la egolatría propia de las sociedades poco dadas a a la reflexión, tanto individual como colectiva, han contribuido a hacer un mundo a imagen y semejanza de unos muchos, carentes de sentido, en detrimento de unos pocos, armados de valores y estudiosos de los fracasos históricos.

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