[Especial] Izzy Stradlin: La soledad del héroe

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La historia la sabemos todos. Cinco chicos residentes en Los Ángeles, que llevaban una vida absolutamente marginal y supeditada a los instintos primarios, recurriendo continuamente al pillaje como modo de supervivencia, sacan uno de los grandes álbumes del Rock de los últimos veinticinco años como Appetite For Destruction. Cambiaron la escena, demostraron que, pese a los síntomas de agotamiento de ésta -obviando, por supuesto, trabajos como 1987, Electric, Permanent Vacation o Girls, Girls, Girls, entre otros-, el talento siempre se acaba imponiendo a la realidad y los convencionalismos: ése fue el patrón del conjunto angelino, no sólo saber tocar, sino también, aparecer en el momento idóneo. Y gran parte de la culpa, independientemente del estupendo talento de toda la banda, la tuvo Izzy Stradlin. Había proyectado su labor compositiva en el álbum, contrapesando, en cierta medida, la tendencia Punk y asilvestrada de McKagan, Axl Rose -fan irredento, por aquella época de los Ramones y New York Dolls hasta que en 1991, desató su obsesión insana por Queen-, la influencia de Led Zeppelin de Slash, aportando la visión que tenía sobre el Rock americano: él, deudor no sólo de la escuela que Sus Satánicas Majestades implantaron desde su nacimiento, profesaba, también, una admiración irredenta a Joe Perry, Tom Petty y Steve Van Zandt, los cuales, le conferían esa aureola de elegancia que siempre caracterizó su trabajo a las seis cuerdas.

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