[Especial] Mónica Naranjo – ‘Lubna’

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Desde que se instaló en los primeros puestos con ese sensacional Palabra de mujer en el año 1997, Mónica Naranjo no ha parado de crecer. Siempre hay álbumes en esta vida que marcan un antes y un después en la forma no sólo de hacer música, sino también en cómo enfocar y conceptualizar el éxito. Después de aquel trabajo, la vida de la catalana no volvió a ser igual. Su salvaje puesta en escena, hibridando a la perfección agresividad y sensualidad, la llevaron al estrellato; su registro vocal, imperial, era la demostración de que en la música Pop española no sólo había cabida para artistas de la canción convencionales, sino también para auténticas amazonas. Tras el lanzamiento de aquel álbum, Mónica ha ido experimentando y evolucionando tanto en su propuesta musical como en su imagen: conforme pasaban los años, se refinó sin perder ni un ápice de la entrega con que irrumpió en el panorama musical.

Álbumes como Minage o Chicas malas, editados en los años 2000 y 2001, respectivamente, ahondaron en la misma idea que sus dos primeros discos acompañado, todo ello, con un cambio de imagen -pelo negro color azabache – una producción mucho más cuidada y moderna, el mecenazgo de Phil Manzanera –quien venía de realizar un estupendo trabajo con Héroes del Silencio- manejando con mano firme y tino las sesiones. De ahí nació una artista mucho más madura en todos los sentidos. El dramatismo y el sentimiento que le impregnó a aquellas composiciones superaban con creces a las de sus dos primeros álbumes. ¿Y qué fue lo que sucedió? Que la artista catalana decidió alejarse, por un momento, de los medios de comunicación y del circuito musical. A raíz de esta temporada de asueto, la de Figueras, que se sentía más como un producto de marketing, decidió que si quería ser la artista libre, creativa y arriesgada que siempre ambicionó, tendría que abandonar el siempre tentador mundo del mainstream y a Tommy Mottola en particular. Mónica Naranjo, quien ya contaba, en aquel momento, con treinta años, decidió apostar por un cambio radical en su evangelio musical. había nacido una intérprete mucho más compleja y arriesgada.

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Después de ocho años de silencio, apareció con Tarántula -2008-: un compacto sideral de principio a fin; en él, la soprano elaboró un álbum que fue el pináculo de su madurez y el inicio de una nueva singladura: más señorial, barroca, lustrosa y arriesgada. Un cedé complejo en el demostró que había comenzado una nueva etapa -refrendando por el sensacional Adagio editado en el año 2009-: la Mónica Naranjo más excesiva que nunca; la creadora por encima de la intérprete, la dama por encima de la juventud desbocada y provocadora de los noventa. Y de ahí parte, en cierta forma, Lubna, su último álbum. El sexto álbum de la catalana no es sólo una ópera-rock al uso, como señalan desde otros medios: es un salvoconducto a la imaginación: un plástico complejo de principio a fin; una plétora de sensaciones y mixturas musicales.

Con una orquesta maravillosamente dirigida y supervisada por Pepe Herrero –Stravaganzza-, Mónica Naranjo, con ayuda de la Orquesta Sinfónica de Elche, elabora un trabajo que no dejará a nadie indiferente. Desde el arranque con Lasciatemi qui, hasta el final con Lubna y Eleonard, a través de los personajes de Lubna, Eleonard, Claire, Julien y Hessa, la artista elabora un relato en el cual se citan todos los elementos de una novela contemporánea. El concepto del álbum, extraído de un libro publicado por un amigo suyo –el libro del disco saldrá en septiembre, pese al intento por parte de Mónica de adelantar su salida para que coincidiera-, recoge el mundo de los sueños, la tristeza del intento de salir hacia delante sin motivación, el crimen organizado, los estragos de las guerras, el poder del mal. En resumidas cuentas: la condición humana y todo aquello que nos obsesiona.

Y musicalmente es inapelable. Ya está bien –una historia de neurosis colectiva en el que la vocalista protesta ante la absoluta falta de convicciones e ideales de lucha por parte del ser humano-, con la artista desarrollando una potencia vocal mucho más comedida, reivindicativa, de la mano de una sección instrumental que acompaña a la perfección a la cantante y sus anhelos o Perdida –una historia de egolatría, de miopía emocional: una mujer que se sirve de su poder, para moldearlos a todos a su antojo, hasta que se ve abandonada, incluso por sus hijos-, es uno de los temas más accesibles, muestran a una Mónica agresiva vocalmente, y a otra mucho más dúctil y maleable. Con Ese es mi público –la orquesta en todo su esplendor acompaña la sinergia emocional de una artista que, a través del respetable, vuelca el sentimiento de toda una vida entregada a una causa, la música, proclive, en ocasiones, a ser más desagradecida que agradecida-, dibuja un espectro musical elegante en la sofisticación instrumental, con toques de canciones como Amor y lujo, de su aclamado y citado Palabra de mujer.

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El trabajo de Pepe Herrero con la orquesta es sensacional; la forma en que las secciones de viento y cuerda remachan las instrumentales –Lasciatemi qui, Mortem y Eleonard, Lubna y Eleonard- por citar unos ejemplos- e interaccionan con la voz de la artista, enseñando la exhaustiva preparación con que la artista ha cuidado hasta el más mínimo detalle; la dicotomía entre furor y dolor que es su música se ve aureolada por el trabajo de ésta. En cuanto a los registros musicales explorados por la intérprete, en el tango de Balada desesperada explora de forma brillante su faceta de artista doliente de la mano de un violín maravilloso. Aquí se vislumbra la enormísima herencia musical de una cantante que, como ella ha manifestado en varias ocasiones, va unida al amor que siente por Latinoamérica, lo mismo sucede con el flamenco. Si con el tango reivindicaba la influencia de los países del Cono Sur, con el folclore español se tiende a jugar con la elasticidad de la orquesta, la pasión del propio Jaime y Marina Heredia y el flamenco en general.

Sin ánimo de querer desmochar un álbum elefantiásico de principio a fin, muchos han calificado Lubna como un ejercicio de arrogancia musical, señalando incluso la capacidad de la artista para suicidarse artísticamente; sin embargo, donde muchos ven altivez, servidor opina que la catalana realiza un auténtico ejercicio de exhibición musical. En una España en la que, discos como éste, siempre suelen ser un arma de doble filo -¿recuerdan La huerto atómica de Miguel Ríos?, puesto que acaban siendo incomprendidos en un país que, en materia musical, rara vez suele tener la paciencia necesaria para extraer todos los matices que éste proporciona, que Mónica Naranjo aparezca con un álbum así, refuerza la imagen de por qué es la artista con mayor personalidad de los últimos veinte años en la Península.

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