Discos de Leyenda: Caravan – “Cunning Stunts”

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En 1975 el Rock era tan bello, retorcido, complejo y arriesgado que, aparte de aposentar y crear estilos, dio origen a toda una cohorte de segundones en términos comerciales que deberían haber sido, de vivir en un mundo mínimamente justo, tan trascendentales como las bandas matrices. Pero está en la propia naturaleza del ser humano impedir que la justicia se materialice en resultados que contenten a todos. Y este párrafo define a la perfección la carrera de los británicos Caravan.

Después de haber lanzado en 1971 un descomunal In the Land of Grey and Pink donde el conjunto que lideraban, en aquel momento, los hermanos Richard y Dave Sinclair junto con el carismático Pye Hasting a la voz, dejaban patente que no sólo de King Crimson, Pink Floyd o Genesis vivía el Rock Progresivo, decidieron acometer una empresa hercúlea: asemejarse a sus paresy subir el nivel musical. Con la edición de trabajos como Waterloo Lilly y For Girls Who Grow Plump In The Night en los años 1972 y 1973, los de Canterbury trazaban su senda musical de una forma parecida a la que el cuarteto que Peter Gabriel y los suyos hacían la suya: llevando el folclore británico por bandera y con ganas de hacer de esa riqueza autóctona el jalón de un estilo inundado de obras maestras.

A menudo muchos expertos en matería de Rock sinfónico suelen decir que este Cunning Stunts no supuso, ni mucho menos, un álbum destacable dentro de las extensísima discografía de los británicos. Pero lo cierto es que, de la mano de un estilo continuista, en el que cada uno de los integrantes interpretó a la perfección no sólo su trabajo sino, también, el signo de los tiempos, conformaron un compacto que si bien se encuentra medio escalón por debajo de los trabajos referidos, sí exhibía, una vez más, el poderoso sonido sinfónico pero acercándose un poco más al Pop por obra y gracia de su bajista, Mike Wedgewood. Y esto se observa, por ejemplo, en la canción que abre el álbum: The show of our lives. Esa pomposa y grácil melodía de teclado que transita entre el empedrado de una base rítmica sencilla, rematada con unos punteos de guitarra escogidos para la ocasión que casan a la perfección con el nuevo rumbo que los de Canterbury le estaban otorgando a su música.

Cortes como Stuck In A Hole y Lover recogían esa dulzura de Yes de la mano de unas melodías pregeñadas con cuidado y esmero, sí, pero siendo, también, fruto de la espontaneidad con la que afrontaron la grabación de este trabajo. Es en éstas donde se notaba, poco a poco, el viraje hacia el beneplácito de las radiofórmulas; deleitándonos en cómo la belleza de lo simple refuerza el argumento de que, muchas veces, menos por menos acaba siendo más. Por así decirlo, la primera cara del álbum, salvo los dejes de música Funk del bajo y del Jazz primigenio en No Backstage Pass y Welcome the Day, es un conglomerado de canciones que amalgaman a la perfección la fórmula citada del duopolio entre progresivo y Pop.

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Y es a partir de aquí cuando empiezan las sorpresas y uno de los momentos cumbres para los amantes del Progresivo de los setenta: las suites. Las innumerables sucesiones de maestría del género se citan en The Dabsong Conshirtoe, donde los teclados, el bajo y las guitarras, en consonancia con la aguerrida voz de Hastings, crean un bajorrelieve musical en el que, aparte de del sensacional bajo que fluctúa, a lo largo del minuto cinco, de forma brillante por toda la canción, podemos encontrar una habilidad inhumana por parte de los ingleses en usar el muro de teclados como un refugio para acomodar el deje Folk que, por momentos, parece adoptar la composición. En resumen: una de esas grandes composiciones que engrandecen a una banda y nos brinda la oportunidad de ser testigos, aunque sea de forma omnisciente, de la magnificiencia de este género.

¿Y qué más decir? Cierto es que no es tan bombástico como los trabajos que el cronista ha citado en el segundo párrafo. Pero los de Canterbury demostraron que se podía ser accesible y enrevesado; cercanos a la par que complejos mediante canciones dúctiles, perfectamente ejecutadas y que cerraban un inicio de carrera prácticamente impoluto.

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