[Crónica] Tindersticks en Circo Price 21-07-2016

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Hay ciertas etiquetas que, por méritos propios, van intrínsecas a un nombre, trabajo u obra. Y como no podía ser de otra manera, tras 25 años de intachable carrera, y a pesar de no contar con tanto protagonismo mediático como tuvieron en la década de los noventa, Tindersticks siguen portando la de la clase y elegancia con cada trabajo que presentan, como así nuevamente han evidenciado con The waiting room, su 10º álbum de estudio y con el que siguen girando en 2016 para presentarlo.

En esta ocasión, la cita era en el madrileño Teatro Circo Price, dentro de la programación de Los Veranos de la Villa cuando, con retraso con respecto a la hora señalada mientras poco a poco el público seguía llegando y ocupando sus asientos, hicieron su aparición justo después de que las luces se fueran desvaneciendo gradualmente hasta quedar envueltos en la penumbra y, como viene siendo habitual, bajo las notas de Follow me, el tema de apertura de su último trabajo y el elegido en esta gira para presentarse en escena.

Alejados de toda artificiosidad, todo queda en la exquisitez de sus manos y el protagonismo innegable de la voz de Stuart Staples, quien desde la inicial Second Change man, deja bien a las claras su seña de identidad. Poco importaba que no hubieran incorporado músicos en los metales, lo cual hubiera supuesto la guinda del pastel, pero sus actuales cinco miembros se las bastan ellos solitos para crear esa atmósfera minimalista tan propia de los de Nottingham. Así pues, y bajo la atenta mirada del respetuoso auditorio, fueron cayendo Were we once loves?, la taciturna Sleepy Song y la plácida Medicine, como predecesoras de su lánguida versión de Johnny guitar, a la que le siguieron la también sosegada revisión de She’s gone y la fantástica The Other Side of the World (aquí si que eché en falta la épica que le aportan los vientos).

Todo muy en su sitio, perfectamente elaborado pero, a su vez, algo lineal y confluente. Que no se me malinterprete, con esto no quiero decir que fuera aburrido o monótono, ni mucho menos, simplemente digo que te transportan por un camino amplio y recto alejado de sobresaltos, donde cualquier elemento que integren fuera de esta línea, supone un punto de entusiasmo y exaltación tan propio de la vida en sí, en la que todos en realidad anhelamos la belleza y paz que transmiten, pero también necesitamos de elementos excitantes que nos recuerden que no nos hemos bajado de la montaña rusa del día a día, como así se evidenció con la paulatinamente ascente Boobar come back to me,con los coros como nuevo ingrediente a la sofisticación de su cocktail sonoro.

Hey Lucinda tenía marcado acento nostálgico, no en vano fue rescatado para su nuevo álbum devolviendo a nuestra memoria a la desaparecida Lhasa de Sela, que a finales del 2009 y antes de fallecer, dejó testimonio con este dueto. How He Entered, otro elegante corte del mismo trabajo, nos llegaba con la peculiaridad de escuchar a Stuart recitando.

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La cadena “canción/silencio – aplausos – canción/silencio – aplausos…” en rara ocasión se rompía con un explícito y sincero “thank you”, pero cuanto es de agradecer en estos tiempos que corren poder degustar de esta manera un concierto, sin los dichosos móviles tapando la visión (física y real), sin escuchar ni una voz, tan sólo la de Staples…. absolutamente deleitable.

Instalados cómodamente en una apacible melancolía, nos llegaba Factory Girls, con tan sólo dos focos alumbrando a las dos figuras que, a mi parecer y sin querer desmerecer al resto de integrantes que también lo bordan, más sobresalen de la banda; indudablemente uno de ellos es su vocalista y el otro en cuestión es el teclista David Boulter, cuyos arreglos y armonías otorgan tanto esplendor a sus composiciones.

The Waiting Room, Planting Holes, We Are Dreamers! antecedían a los parajes de mayor cadencia rítmica representados en Show Me Everything y This Fire of Autumn, para acabar concluyendo con A Night So Still, el tercero de los temas que interpretaban de seguido y en el mismo orden que aparecían en su álbum de 2012 “The Something Rain”.

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Evidentemente, su show no concluiría ahí. Tras una merecidísima ovación, volvieron al escenario para terminar de encumbrar la noche con Sometimes it hurts y My Oblivion, en este caso dos de los cortes del excepcional “Waiting for the moon” (2003).

Ante semejante repertorio y demostración, sólo quedaba quitarnos el sombrero y rendirnos ante todo unos clásicos bien avenidos con los nuevos tiempos que corren y que hacen de lo sencillo una elegante obra de arte. Una vez más, Tindersticks redondearon con nota una admirable actuación. Mil gracias queridos.

Fotos: Luis López

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Luis López

Luis López

Redactor / Fotógrafo en Nos gusta la música

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