[Crónica] Leonard Cohen – Palacio de Deportes (Madrid) – 05/10/12

En el escenario, de una sobriedad exquisita, observando un grupo de instrumentos dispuestos y reflejada sobre una cortina interminable, se distinguía la figura de una joven desnuda, de pechos firmes y serenos, sujetando las riendas de un vigoroso caballo. Afuera, se había quedado la luna, mordida por la silueta de un sombrero borsalino. No pude evitar como la imagen de “El baño del caballo” de Sorolla se mezclaba con el caballo de mar de “El libro de los seres imaginarios” de Borges, ese animal que solo pisa la tierra cuando la brisa le trae el olor de las yeguas a la luz de la luna… y el caballo entró al galope, ajeno a sus casi ochenta años, atraído por el deseo de un público sediento y apasionado, bailando más allá del miedo, lejos de los besos gastados del final del amor, acompañado de un violín, el de Alexandru Bublitchi, que vino de los campos de girasoles moldavos para iluminar una noche mágica.

Cohen comenzó su concierto con “Dance me to the end of love” y, casi cuatro horas después, lo acabó con “Save the last dance”. Entre dance y dance: una vida. Doce mil vidas de todas las edades, recuerdos imborrables que se fueron dibujando en la noche con el agradecimiento de un público que volvió a conquistar la libertad, como un borracho en un coro de medianoche, como un “Bird on the wire”,  como un pájaro hechizado por el sonido de la bandurria de un Javier Mas, el jefe en palabras del maestro, que volvió a estar genial, esta vez con un laúd en llamas, en “Who by fire”.

Entre mensajes de arrepentimiento (“Amen”), misericordia (“Come Healing”) y esperanza (“Going Home”), extraídos de las “Old Ideas”, último disco del maestro, tuvimos ocasión durante la primera parte de reencontrarnos con el amor  y abrasarnos una vez más en las faldas de las “Sisters of Mercy” o de asistir a un dueto maravilloso entre el murmullo del maestro y la deliciosa voz de Sharon Robinson, que cruzaron las fronteras de los amores secretos “In my secret life”.

Fue una maravillosa primera parte que se esfumó casi sin darnos cuentas, como si el tiempo se hubiera parado, entre sombras chinescas que entre canción y canción se proyectaban sobre fondos azules y rojos, malvas y dorados, mares y corales, de una iluminación tan discreta como elegante y sugestiva, que acabó con el mensaje de que a veces es conveniente romper con todo para volver a ver la luz (“Anthem”).

Si impresionante fue la primera parte, aún más lo fue la segunda. Encaramado a la “Tower of song” desde donde divisamos cómo pasa el tiempo y los amigos y los amores van despareciendo, sin anestesia, solo con su guitarra, como si la escuchásemos por primera vez, sonó “Suzanne” y volvimos a tomar té y naranjas de la china en su casa, a orillas del río, poco antes de que, majestuosa, seguramente en uno de los momentos más emotivos de la noche, sonase “The partisan”, con la sombra alargada de Cohen proyectada sobre un fondo de lucha y libertad.

Hubo un momento para el descanso del maestro, que hasta ese instante, desde el comienzo hasta el final, no se cansó de mostrar su agradecimiento y respeto a cada uno de los miembros de la orquesta y al público, juntando las manos, inclinándose en cada canción en señal de reverencia, quitándose el sombrero, arrodillándose. Sonó “Coming back to you” en las impecables y benditas voces de las hermanas Hattie y Charley Webb y, esta vez sola, Sharon Robinson nos hizo naufragar de puro goce con los temores y la despedida de “Alexandra Leaving”.

Y llegó la traca final:  “I´m your man” volvió a ser la declaración de amor más hermosa y sumisa que se haya escrito, “Hallelujah” la oración perfecta y “Take this waltz” el vals de la mañana y la escarcha, del lirio y la luna, de azucenas y violines que el maestro adornó, casi sin acento, con un “te quiero, te quiero, te quiero” en perfecto castellano… y se fue al trote y volvió al galope con un público entregado que entró en éxtasis con los primeros acordes de “So long, Marianne” y que con “First we take Manhattan” dejaron de ser perdedores y acabaron conquistando Berlín. Todo era un sueño. Un sueño que despidió con la promesa de que seguiría trabajando para arrancarnos una sonrisa (“I tried to leave you”)  y con el ruego de que le guardásemos el último baile para él.

Recién comenzado el concierto, Leonard nos dijo que no sabía cuando volveríamos a vernos y que ésa era razón más que suficiente para darlo todo esa noche. Lo dio todo. Nos dio todo. Y todos, él mejor que nadie, sabemos que no volverá. Que después de tres largos años de concierto en concierto, de disco en disco (dicen que el último saldrá el año que viene), intentando ahorrar para un merecido descanso, lo más probable es que se retire a un monasterio como ya hiciera otras veces,  aunque yo no descartaría la posibilidad de que acabase sus días en una nueva Hydra, en busca de otra Marianne con la que volver a explorar ensortijados bosque de lilas y con la que compartir exquisitas ensaladas de berenjenas y un buen vino griego mientras llega el día del juicio final. Gracias, maestro.

Fotos | Ana Santos

2 Comentarios

  1. JORGE

    08/10/2012 at 16:45

    Enhorabuena por la crónica, fabulosa (como el concierto!).

  2. Zoso

    09/10/2012 at 19:19

    Pedante y sobrecargado, es una crónica de un concierto no el pasaje cutre de una escena romántica en una novela del tres al cuarto.

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