[Especial] “Amorica” (The Black Crowes): El sueño americano en un pubis

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 ¿Murió el Rock clásico en los noventa? No: es prácticamente imposible decir eso cuando, en pleno año 1990, aparecen los Black Crowes y le dan la vuelta al panorama musical. Siempre atrevidos, elegantes, y con ese punto de descaro que, como en su momento esgrimieron todas aquellas bandas que reverenciaron, se presentaron con el firme objetivo de hacer que el Rock recordarse los días de gloria de los sesenta y setenta. Sureños de corazón y nacimiento, demostraron con su ópera prima y The Southern Harmony and Companation, lanzados en 1990 y 1992, respectivamente, que las modas nunca son óbice para la creatividad y el talento; es más, la grandeza de los de Georgia venía, precisamente, por ser una de las rara avis de aquella década. The Quireboys, The Wildhearts y los Gov´t Mule del exquisito Warren Haynes –por mencionar a los más representativos-, fueron de los pocos que se atrevieron a hacer Rock ‘del de toda la vida’, sin aditamentos innecesarios, demostrando que, a menudo, el ser humano suele sacrificar su credo musicales y dejar de rendirle culto a todo ese santoral de músicos que admiraron desde su juventud para buscar, de forma desesperada, encajar.

La música de los norteamericamos experimentaba un auge sin paliativos. ¿Cómo no recordar esa ciclópea actuación en el Monsters of Rock de 1991 en la ciudad de Moscú? Si Pantera puso la agresividad, Metallica y AC/DC la denominación comercial, ellos implantaron en la capital rusa clase y estilo: su actuación se antojaba esencial para calmar los ánimos tras la actuación de los tejanos; y con la fantástica versión que hicieron del Everybody Must Get Stoned de Bob Dylan, terminaron de encandilar a un mundo como el del Rock, que por aquel entonces, ayudaba en la transición del inmovilismo soviético hacia esos dos conceptos como el de perestroika y glasnot que fueron la carta de presentación de un ilusionante Gorbachov cuando subió al poder a mediados de los años ochenta. Con la entrada de Marc Ford, la banda elevó sus cotas de magnificiencia. El guitarrista californiano, deudor, cómo no, de la sagrada estirpe iniciada por Duane Allman, Dickey Betts, Keith Richards, Ronnie Wood o Gary Rossington, por citar varios ejemplos, supo interpretar a la perfección lo que los Cuervos querían de él en el aspecto musical. Así pues, con la nueva adquisición, el conjunto liderado por los hermanos Chris y Rich Robinson, decidió entrar, en pleno año 1993, en el estudio de grabación cuando el mundo de la música era, por así decirlo, una lucha entre Nirvana y Pearl Jam, Guns n Roses y Metallica, con un objetivo claro: condensar toda la música norteamericana de la segunda mitad del siglo XX en un álbum.

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Ellos, a diferencia, del noventa y cinco por ciento de bandas de su generación, no tenían como referentes ni a Tony Iommi –con su influencia capital en el Stoner o el Groove Metal-, David Bowie –lustrando la carrera de la primera época de Manson, la carrera de Nine Inch Nails o de algunas bandas británicas como Suede-, y el do it yourself norteamericano –como fue el caso de las bandas de Rock alternativo y Post-Hardcore-. En el caso de la banda georgiana, el Blues, el Soul, el Jazz eran el espejo donde mirarse: la herrumbre con la que forjar sus armas y asaltar así, un mercado musical volátil, y que al igual que necesitaba alimentarse de rabia y actitud, también de memoria histórica musical.

Y así es Amorica: uno de esos discos que, pese a haberse lanzado en 1994, en pleno terremoto musical producido por la muerte de Cobain y con el espaldarazo definitivo del Groove Metal y el Rock Industrial, consigue que sus dos trabajos anteriores se vean reforzados por ese aporte de Rock psicodélico. Once canciones en las que no falla absolutamente nada, y en la que demuestran no sólo el inmenso talento que tenían, sino también, el ambiente relajado de las sesiones pese al choque de dos placas tectónicas personificadas en las figuras de los hermanos Robinson y el siempre inconstante y problemático Marc Ford. Un compacto eminentemente solidario en el que quedarse sólo con el trabajo de las guitarras o las melodías vocales de Rich sería obviar el indómito trabajo de la percusión, especialmente en Gone o A Conspiracy -atención a esas guitarras que beben de Hendrix, Clapton o Jerry Garcia-, o del excelente piano de Eddie Harsch en maravillas como Nonfiction, Ballad in Urgency o Cursed Diamond.

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Lejos de querer continuar el legado que dejaron con She Talks To Angels, consiguen que éstas adquieran un ambiente mucho más íntimo y definido en torno a unas guitarras mucho más penetrantes que en sus discos anteriores. Pero es que el tercer disco de la banda del sur de los Estados Unidos, no es solo Rock, Blues y demás: la pátina de la música de Sam Cooke, Billie Holiday, Elmore James o James Cotton se deja ver en auténticas odas a unos tiempos en los que la música se fraguaba al calor de una hoguera o en al ambiente bucólico de los siempre ubérrimos estados de Georgia, Misisipi o Alabama. Y para cuando suenan Descending, Wiser Time, es imposible cuestionar la dupla formada por los hermanos Robinson como una de las mejores. El aquí firmante, siempre consideró, corazón en mano, que la mejor banda de Rock de los noventa fue Pearl Jam. Pero, cuestiones sentimentales de lado, ninguna banda tenía esa mezcla entre los Faces, Stones y Allman Brothers que sí poseían The Black Crowes; y detalles como ésos, de la mano de una personalidad y una puesta en escena tan solemne como arrolladora, les convirtieron en una de las mejores bandas de los últimos veinticinco años.

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